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Rap cubano: tortura comunitaria en Centro Habana


Agencia Cubana de Rap. Foto Internet

LA HABANA, Cuba.- La promocionada cultura comunitaria en Cuba no es más que otro ejercicio estéril para imponer criterios estéticos, reglas temáticas similares a la revolución, monopolizar espacios, moldear gustos, y vender una falsa imagen de tradición y también identidad en cada manifestación artística, sin respetar el derecho a la personalidad, seleccionar géneros, y a participar o bien no de esa espuria masificación cultural.

El acontecimiento “artístico” que domingos alternos tiene como escenario el área deportiva situada en el rincón de San José y Escobar, Centro Habana, más que un acercamiento espiritual a la población para el disfrute del arte, se transforma en un foco de polución sonora y ambiental, tanto por la imposición de un género, el rap, como por el pandemónium en que sume a la vecindad

El día pasado seis, frente al vertedero transformado en “referencia ética colectiva por su nivel de identidad y permanencia en el barrio”, y reunidos tras pintarrajadas paredes que dejan a los curiosos ver una estropeada cancha de baloncesto mediante una reja, la Agencia Cubana de Rap efectuó una actividad cultural en la comunidad que los vecinos nombraron “tortura comunitaria”, por el inaceptable estruendo, las usuales contiendas, y el factor social que asistió a la presentación.

Un par de altavoces gigantes, un DJ y un comunicador, que a cada despropósito que hilvana como morcilla en tarima de agro mercado vocea un “ahí namá”, capaz de despertar a un elefante sedado y a un fallecido, sirven de soporte a diferentes raperos con nombres indescifrables y un estalaje de supervivientes de un naufragio, que ululan de 6 a 9 de la noche textos insignificantes que, por los elevados decibeles, impiden charlar, ver y escuchar la T.V., estudiar, leer, o bien conciliar el sueño.

Sólo un conjunto de tomadores de “Macarrán” (última marca del alcohol de bodega, o bien Havana Fu), un rastafari, 2 trabajadoras sexuales en busca de yumas por la zona, y ciertos jóvenes alienados asistieron ese día de mayo a un espectáculo que silenció los ruidos tradicionales del distrito, como el grito de balcón a balcón, la reproductora de los bicicleta taxis, el claxon del auto rentado por un ex- proxeneta de la comunidad, los números de la charada china, y hasta el ¡Ataja! movilizador.

Pero el rechazo total del vecindario al acontecimiento pseudo cultural comunitario no es por la presunta vulgaridad, la crítica social, el sexismo, la discriminación de la mujer y otros textos parametrados por el Decreto Ley 349, impuesto para supervisar lo que se canta, escribe, pinta, danza, actúa y visualiza en el país, sino más bien por el hecho de que no hay un humano normal en este planeta que subsista cuerdo a este ataque sónico de Rap, o bien “rapicidio”, como prefieren nombrarlo ciertas víctimas.

Y no es que imaginen o bien aguarden a Frank Fernández interpretando al piano El vuelo del Moscardón, en frente de las nubes de moscas que cubren el basurero, a Leo Brower sacándole a su guitarra los acordes del Concierto de Aranjuez mientras que 2 muchachas se tiran de las greñas sobre los desechos, ni a Omara Portuondo cantando a capela “Silencio/ que están durmiendo/ los nardos y las azucenas”, entre el bullicio de buzos, indigentes y ladridos de perros que escarban en los tambuchos de basura puestos frente al área de San José y Escobar, transformada en Olimpia Rap.

Tampoco sueñan con que Viensay Valdés interprete La muerte del cisne frente al lago de aguas albañales del sitio, ni tan siquiera que venga la orquesta El Niño y la verdad a poner a danzar a los centro habaneros con el tema “Le dio una cosa mala”, y mucho menos  Silvio Rodríguez a decirles que “Vive en un país libre”, cuando no hay un directivo del ámbito, cuadro del Poder Popular, organismo del Estado ni padrino de religión al que asistir para “que nos quite esta sal de encima” –la tortura comunitaria–, como afirmaría el popular y desaparecido –¿en el exterior? –, conjunto Kola Loca.

Si la Agencia Cubana de Rap tiene su sede en Zanja, entre Gervasio y Escobar, donde estaban las ruinas del cine Finlay, los perjudicados se preguntan por esta “extensión de la cultura comunitaria. ¿Por qué no efectúan allá su acontecimiento y también invaden la calma y afectan la salud de los vecinos de la otra cuadra, que padecen diferentes síntomas de malestar cada domingo en que hay sesión de Rap?

¿Qué hacen o bien dónde se meten los organismos, las instituciones, los núcleos del partido y la UJC, las organizaciones de masas y toda esa comparsa revolucionaria, con los cientos y cientos de leyes o bien decretos redactados en el país para combatir la epidemia de polución sonora que afecta a la población? ¿Solo son aplicables en qué momento un desganado ciudadano trata de ahogar sus insuperables inconvenientes económicos y sociales dándose un banquete de reguetón, ruma o bien timba en su hogar?

Los vecinos solo desean se les respete su privacidad, el derecho a seleccionar qué género de música percibir, en qué momento, a qué hora, dónde y no padecer, sin su permiso ni poder hacer nada, esta invasión sonora en el interior de su hogar, perpetrada por una corporación cultural de un Estado que antepone la ejecución de un plan de acciones culturales como publicidad política al respeto a la privacidad, la calma ciudadana y la convivencia social que tanto se vanagloria de resguardar.

Pero, según lo que parece, resulta bastante difícil comprender que los vecinos de San José y Escobar, como los de cualquier otro sitio en Cuba, asimismo precisan se respete su privacidad –hasta los domingos–, para pensar sobre qué inventar para comer el primer día de la semana y el resto del mes, de qué manera eludir que les caiga el techo en la cabeza sin que pase un tornado, y cuál es la manera de escapar con vida del país.

vicdominguezgarcí[email protected]

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