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Más que apuntarle a un inocente


Policía cubano apunta con una pistola a estudiante congoleño (Captura de pantalla)

LA HABANA, Cuba. – Un policía cubano apuntando con una pistola al semblante de un estudiante congolés, como el despliegue de “tropas especiales” en los terrenos pertenecientes a una universidad, son imágenes suficientes para entender hasta dónde pudiese seguir escalando la violencia como procedimiento preferido del régimen cubano para asegurar esa “estabilidad política” que ofrecen como valor agregado en los negocios, mas que día a día se revela como otra farsa más.

Impostura de un gobierno que, por poner un ejemplo, mientras que se ofrece como garante de paz en Colombia no es capaz conducir un diálogo sin apelar a la fuerza contra un pequeño conjunto de jóvenes que demanda justicia apenas con chillidos y pancartas. Y además de esto, pues con tal acción pone al descubierto que una buena parte de eso que llaman “colaboración” con los más necesitados no es más que una estrategia de marketing político con trasfondo económico desde los dos lados del pacto.

Lo que pareciese otro capítulo del mismo guion represivo empleado en sofocar revueltas populares y actos de queja protagonizadas por ciudadanos cubanos debiésemos iniciar a observarlo en su auténtico significado, al tener como víctimas a unos sujetos que son parte no de un programa estudiantil como cualquier otro sino más bien de uno de los esquemas de negocios esenciales y que es exactamente el de los servicios médicos, por el que el gobierno cubano ingresa considerablemente más que por término de turismo o bien exportaciones de recursos.

Desde ese punto de vista, las escenas de opresión que todos hemos contemplado con horror pudiesen ser equiparadas con aquellas historias de las relaciones inhumanas entre amos y esclavos, entre mercaderes “negreros” y sus “mercancías”. Un pasado deplorable al que debemos tal vez la traza de violencia que todavía continúa en nuestra cultura y que, sin dudas, ha conducido a nuevas formas de trata ya “institucionalizada” a través de convenios y contratos severos, aun a nivel de gobiernos, como esos que desposeen de más del 80 por ciento de sus sueldos a los médicos “colaboradores”, a pesar de obligarlos a laborar en condiciones desfavorables y presionados a volver a Cuba bajo diferentes amenazas que incluyen la toma de la familia como rehén.

Esta vez los estudiantes han sido tratados como lo haría cualquier mayoral o bien capataz con sus “piezas”, y de ahí que que no se ha potenciado el diálogo como una sola opción, ya que las fuerzas en pelea no están al mismo nivel y la recurrencia inmediata a la violencia, sin deambular por un agotamiento de la negociación anterior, es un rastro de que el régimen cubano tiene el control sobre otras negociaciones a otros niveles y que estas acciones, por extremas que sean, no menoscaban los pactos.

Tanto es de este modo que el hecho de tener quinientos de estudiantes en Cuba y un centenar de médicos cubanos ejercitando bajo contrato en aquel país no ha producido mensajes de relevancia por la parte congoleña. Ello, a pesar de que las quejas llevan múltiples semanas desarrollándose. Tampoco ha importado la amenaza del policía a un ciudadano desarmado.

¿Existe entonces algo más en esos pactos de intercambio de recursos por servicios que no conocemos ni los cubanos ni los estudiantes del Congo? ¿Se extienden esos llamados “servicios” a algo considerablemente más complejo políticamente que la salud? ¿De qué manera se comporta el pago del gobierno congolés a los galenos cubanos? ¿De qué manera hace para sostener al día su estado de cuentas con la Isla, donde nada se habla de atrasos en ese sentido?

Lo cierto es que el dinero que debiese depositar el país africano para el pago de los estipendios, por alguna obscura razón, no está ni estuvo llegando a su destino y ese detalle, que pudiese ser revelador, no preocupó durante más de un par de años a ninguna de las partes, o bien por lo menos no como debería intranquilizar.

Acostumbrados al modo de actuar de la policía cubana, a pocos sorprendería oír en algún instante a las autoridades cubanas justificar semejantes actuaciones con una acusación de que los jóvenes congoleños son “mercenarios pagados por el enemigo”, tal y como hacen de forma sistemática con los conjuntos disidentes y con la oposición interna.

Este paso, muy peligroso por las consecuencias que pudiese conllevar en el futuro inmediato frente a otros sujetos, conjuntos, empresarios y hasta gobiernos que llevan tiempo recibiendo las protestas de sus ciudadanos sobre irregularidades en el cumplimiento de pactos afines, pudiese ser una señal fuerte y clara de que el régimen de La Habana no vacilará en seguir elevando los niveles de violencia física y sicológica en razón de sostener un control que apenas va sirviendo para el relativo bienestar de unos pocos. Aun cuando persiguiendo tal propósito deba emplear una buena parte de los recursos que ingresa.

En fin, se concreta un escenario poco a poco más lúgubre, puesto que esa arma desenfundada frente a la cara de un inocente revela el miedo creciente que existe, y solo con un poco más de presión alguien pudiese pasar de conminar, pegar y recluir a apretar gatillos.

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